El brujito maya - Ficha 30

Taller del espíritu

El niño Jesús tenía un brillo, un aura especial. Irradiaba una Luz que podían identificar las almas elevadas. Estaba destinado a ser el Gran Maestro del mundo, y cuando lo veían los profetas lo reconocían.

29.07.2010

Los primeros milagros de Jesús

“En aquel tiempo vivía en Jerusalén un hombre que se llamaba Simeón. Era un hombre muy bueno, que adoraba a Dios y esperaba la liberación de la nación de Israel. El Espíritu Santo estaba con Simeón, y le había hecho saber que no moriría sin ver antes a Cristo a quién el Señor enviaría.

Este hombre fue al templo, guiado por el Espíritu Santo, y cuando los padres del niño Jesús lo trajeron para hacer con él según lo que la Ley ordenaba, Simeón lo tomó en brazos y alabó a Dios diciendo: Señor ya puedes dejarme morir en paz, porque has cumplido lo que prometiste a tu siervo. He visto con mis ojos al Salvador que has puesto delante de toda la gente. Él es la Luz que ha de alumbrar a los que no son de Israel, y dar honor a Israel tu pueblo.

José y la madre de Jesús se admiraron de que Simeón decía del niño. Entonces Simeón les dio su bendición y le dijo a María: Mira, este niño está destinado a hacer que muchos en Israel caigan o se levanten. Él será una señal que muchos van a rechazar, y así se va a saber lo que cada uno piensa en su corazón. Pero para ti todo esto será una espada que atraviese tu propia alma.

También estaba allí una mujer que profetizaba llamada Ana, y era hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era ya muy anciana. Se había casado muy joven, y había vivido con su marido siete años, y ahora era viuda de ochenta y cuatro años. No salía del templo, sino que servía día y noche al Señor, con ayunos y oraciones. Ana se presentó en ese mismo momento y después de dar gracias a Dios comenzó a hablar del niño Jesús a todos los que esperaban la liberación de Israel. (SL 2. 25- 38)

Sus padres iban a Jerusalén, todos los años para la fiesta de Pascua. Cuando Jesús cumplió 12 años fueron a Jerusalén como era costumbre en esa fiesta. Y al regresar ellos, cuando se terminó la fiesta, el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que su madre y José se dieran cuenta. Pensaban que Jesús venía entre toda la gente, y así hicieron un día de camino, pero al buscarlo entre los parientes y conocidos, no lo encontraron.

Entonces regresaron a Jerusalén para buscarlo allí. Después de tres días lo encontraron en el templo, sentado entre los maestros de la Ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Y todos los que le oían se admiraban de su inteligencia y de las respuestas que daba. Cuando sus padres le vieron se sorprendieron, y su madre le dijo: Hijo mío ¿por qué nos hiciste esto? Tu padre y yo hemos estado muy preocupados buscándote.

Entonces Jesús les dijo: ¿Por qué me buscaban? ¿No saben que tengo que ocuparme en las cosas de mi Padre?

Pero ellos no entendieron lo que les dijo. Entonces regresó con ellos a Nazaret, y siguió siendo obediente con ellos. Y su madre guardaba todo esto en su corazón. Entre tanto Jesús seguía creciendo en cuerpo y mente, tenía la aprobación de Dios y de toda la gente. (SL 2. 41- 52).

Jesús estaba lleno de conocimiento. Sus palabras no provenían de este mundo, cuando hablaba lo hacía lleno del Espíritu Santo. Su voz provenía del Padre y lo que decía provenía de Él. Los hombres repiten el conocimiento aprendido de los libros, pero Jesús estaba lleno de Sabiduría y a través de él se expresaba la Verdad y la Vida.



María lo veía como un niño, pero en el fondo sabía… Ella sabía que lo iba a perder, que no era de ella, que era del mundo. Que Dios la había honrado al usarla como instrumento, pero que Jesús era una Chispa de la Luz Divina (como todos nosotros, pero su Luz era tan grande que estaba llamado a iluminar el mundo). María recordaba la visita del Ángel

Gabriel que le había anunciado que de su vientre nacería un niño único, pero aún así cuando veía a Jesús no podía dejar de verlo como su pequeño amado.

Pasaron los años. En una oportunidad Jesús y sus discípulos estaban en una boda en el pueblo de Caná, en Galilea y su madre también estaba allí. Se acabó el vino y la madre le dijo: Ya no tienen vino. Pero Jesús le contestó: Mujer ¿por qué me dices eso a mi? Mi hora no ha llegado todavía. Pero ella dijo a los que estaban sirviendo: hagan todo lo que él les diga.

Había allí seis tinajas de piedra, de las que los judíos usan en sus ceremonias de purificación. En cada tinaja cabían unos ochenta o cien litros de agua. Jesús les dijo a los sirvientes:

Llenen de agua estas tinajas

Las llenaron hasta arriba, y entonces Jesús les dijo: Ahora saquen un poco y llévenlo al encargado de la fiesta. Así lo hicieron. El encargado de la fiesta probó el agua que se había vuelto vino, sin saber de dónde era, solo los sirvientes lo sabían, y sorprendido dijo al novio: todo el mundo sirve primero el mejor vino, y cuando los invitados ya han bebido bastante, entonces se sirve el vino corriente, pero tú has guardado el mejor vino hasta ahora. Esto que Jesús hizo en Caná de Galilea fue la primera señal milagrosa con la que Jesús mostró su gloria, y sus discípulos creyeron en él. (SJ 2. 1- 11)

El brujito maya - Ficha 16

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